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El tiempo, José Carlos Morenilla

Por José Carlos Morenilla

 

Cuando el Hombre tuvo conciencia de sí mismo, se vio distinto a la Naturaleza, que hasta ese mismo parto había sido su útero, su todo, y no encontró nada diferente más que él. En un intento por comprender su diferencia, su exilio, su indeterminación, su libertad y su destino, inventó  el Tiempo e inventó a Dios. Y resulta que al mezclarlos con los avatares de su vida todo parecía cobrar sentido.

 

En contra de lo que pasó con Dios, al tiempo hemos aprendido a medirlo. Primero fueron los acontecimientos periódicos, los que se repetían sin que nosotros pudiéramos alterarlos, como los días y las noches, las estaciones o las fases de la luna. Después, cuando el Tiempo pasó de los chamanes a los hombres, empezamos a tenerlo muy en cuenta, y se hizo moneda de cambio y motivo de comercio, e ideamos la forma de guardarlo.

 

Los sabios contaron los días, los trocearon en fragmentos iguales y encerraron cada fragmento en una vasija con forma de mujer. La mujer, que era la guardiana del tiempo, lo consumía tragando granitos de arena durante una hora, después un siervo le daba la vuelta a la vasija, y el tiempo seguía siendo consumido durante otra.  Y creímos haber domesticado lo intangible. Lo introdujimos entre nosotros y la conquista se adueñó irremediablemente de nuestras vidas.

 

Desde entonces colgamos nuestra existencia de la línea inmutable, como colgaban los marineros sus coyes de las cuadernas de la nave para dormir. Cada uno nos creemos dueños de una pequeña fracción y la tratamos como nuestra única fortuna. Corremos de un lado al otro espoleados por su tic-tac. Llevamos atado a la muñeca el implacable sello de lo efímero. Y en el angustioso ábaco en que se ha convertido nuestra vida, las cuentas del ayer y del mañana pesan más que el solitario momento que podemos mover en el presente.

 

Hoy, lo medimos contando los giros que un electrón da en una pila atómica con precisión casi infinita, pero los días y las noches duran lo mismo, y las estaciones, y las fases de la Luna, y no parece que el Tiempo nos pertenezca más que cuando lo inventamos.

 

Los hombres civilizados, los esclavos del tiempo, al otro invento coetáneo, a Dios, lo hemos matado. Ya no necesitamos de su concurso para entender nuestra existencia. Ya no necesitamos de su providencia para sobrevivir a las calamidades. Ya no necesitamos creer para saber. Los chamanes y los sacerdotes, los que nos trajeron a Dios y al Tiempo, han perdido su influencia y apenas consiguen un mendrugo de nuestra prepotencia. El Tiempo es nuestro y Dios ha muerto.

 

Pero el presente se ha hecho muy pequeño porque ahora tenemos conciencia de la infinita magnitud del pasado y del futuro. Y como en nuestras mentes el alambre de un ábaco no puede ser infinito, hemos inventado palabras para acotarlo, el Big-Bang y el Big-Crunch, pero con el acuerdo de que su ubicación es desconocida. Vivimos como avaros insaciables mirando nuestro tiempo y lamentándonos de lo poco que tenemos.

 

¿Qué nos salvará de tan despiadado destino? Tal vez la curiosidad. Los hombres no soportamos las incógnitas. Al final del callejón sin salida no nos quedamos quietos, damos la vuelta y empezamos a buscar de nuevo. Este rumbo no lleva a ningún sitio, así que hay que volver al momento de nuestro parto. Cuando las cosas pasaban sin necesidad de planearlas. Y las flores y los frutos llegaban por sorpresa. Y vivir y amar, y sentir y sufrir no estaban puestos en fila. Y mañana sólo era el momento en el que sale el sol.

 

Hay que empezar de nuevo y recordar las advertencias: no debemos abrir la Caja de Pandora, sobre todo ahora que sabemos que lo que esconde es un reloj.

 

José Carlos Morenilla estudió en la Universidad de Valencia.
Ha sido profesor de Latín y Griego y periodista.
Otra de sus pasiones es la Vela, afición a la que dedica todo el tiempo que puede.

 

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