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Globalización: la cultura de los otros

Por Jose Carlos Morenilla

 

                           

 

Desde el 28 de Junio del 2006, en que se admitió a Montenegro como miembro de pleno derecho de la ONU, son 192 los países que forman parte de ese organismo internacional, que es como el registro oficial de países del Mundo. Hay otros territorios, regiones o países en estado de construcción que se asoman al foro de Naciones Unidas como observadores. El último en alcanzar este estatus ha sido Palestina.

 

Hace ya algunos milenios que un hombre sólo necesitaba sus pies para recorrer el mundo de un lado al otro sin correr más riesgo por parte de sus semejantes que acabar trinchado en un palo cociéndose a fuego lento, que no es poco.

 

Ahora, sin embargo, ha desaparecido aquel primigenio interés que tenían un pequeño grupo de habitantes del planeta por comerse a los demás, pero ha aparecido un laberinto inextricable de fronteras, aduanas, puestos fronterizos, vallas, muros, lugares prohibidos, tierras de nadie, zonas minadas, y un largo etcétera que hacen absolutamente imposible que uno pueda circular por este ancho mundo como lo haría un australopiteco o un homo sapiens.

 

¿Cómo ha sucedido esto? Tratar de explicarlo es entrar en conflicto seguro con los todopoderosos inventores de la “cultura”, palabra adscrita al poder de los dioses y que se encuentra ubicada por encima del bien y del mal en todas partes.

 

Si nos quedamos a ras del suelo y, habitando una pequeña parte del Mundo, nos proyectamos a su pasado remoto, encontraremos con toda seguridad, al principio de su cultura, un “sabio” que explicó a sus congéneres menos sabios las verdades de su entorno conocido, explicación que tenía, por supuesto, aspiraciones de universal. Y eso lo hizo usando la lengua en que podían entenderle, que se convirtió así en el soporte fundamental de su cultura. Que aquello era un disparate, no lo suponemos, lo sabemos. Basta elevarse en el tiempo y en el espacio para saber que no muy lejos de allí, otro “sabio” con igual perspicacia enseñaba a sus conciudadanos otra cosa, y más allá otra, y al lado la contraria. Tantas verdades diferentes y universales convivieron y prosperaron mientras las distancias y las barreras idiomáticas las tuvieron a salvo de la contaminación de las unas con las otras.

 

Los “sabios”, al principio admirados por sus conocimientos, se fueron haciendo importantes y se convirtieron, invariablemente, en los intérpretes del “más allá”, heredaron el poder de los dioses en la tierra, y con el poder fueron ya capaces de imponer a sangre, primero, y fuego,  después, sus ideas. Así nacieron los profetas, las religiones, los sumos sacerdotes, los dogmas sagrados y los tabúes inviolables. Y ellos pusieron y quitaron tiranos, reyes y emperadores cuando no ocuparon ellos mismos esos cargos.

 

Y las “culturas” entraron en conflicto, unas con otras, que resolvieron con violencia, invasiones, pactos, reparto de territorios y al fin, fronteras. Unas sucumbieron por la fuerza, otras fueron derrotadas en el campo de las ideas, otras se desvanecen absorbidas por la pujanza de formas de pensar más eficaces, adecuadas al momento actual o que permiten mayores cotas de libertad individual. Todas intentan sobrevivir mandando “misioneros” a territorios infieles, “sorprendiendo” con la “verdad” de sus fundamentos filosóficos y humanísticos, dando “testimonio” de su mejor comportamiento o enrocándose en el fanatismo de mi fe y no sé más.

 

Algunos me dirán que confundo cultura con religión, pero es que toda cultura está basada en una revelación divina que organiza leyes, convivencia y religión. ¿Quiere decir esto que, con la globalización, tarde o temprano habrá una sola “cultura” en el Mundo? Si nos atenemos a los antecedentes históricos la respuesta debería ser SÍ. ¿Desaparecerán las fronteras, hablaremos la misma lengua, tendremos las mismas leyes, alcanzaremos los mismos derechos? De nuevo, SÍ. ¿Por qué no es así?

 

La explicación está en los “sabios”. Aquella especie de privilegiados mandamases vitalicios entró ya hace tiempo en fase de extinción y en su corte sonaron todas las alarmas. La “democracia”, el “descreimiento”, la ciencia y el espectáculo de una “cultura” común más confortable, estaba a punto de acabar con ellos. Entonces inventaron el “nacionalismo” y su apagada estrella volvió a brillar con fuerza. Sistemas fonéticos impronunciables, costumbres crueles e inhumanas y creencias próximas al disparate que resultan obsoletas y esclavizantes, ahora se defienden bajo el paraguas todopoderoso de la “cultura propia”. Y cualquier atisbo de contaminación se combate con todo el aparato de un poder político que se basa en tan deleznables hechos diferenciales.

 

Mientras los ciudadanos no derribemos la barreras “culturales sagradas”, el Mundo seguirá siendo un tablero de ajedrez lleno de castillos de naipes sostenidos por la esclavitud de sus habitantes, que la Historia, con toda seguridad, derribará con un nuevo baño de sangre y dolor innecesario.

 

José Carlos Morenilla.

 

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