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Hambre

Por José Carlos Morenilla

“Y, sin embargo, se mueve”, susurró para sí Galileo cuando se libró del tribunal de la Inquisición que le obligó a tragar, en contra de sus observaciones, que la Tierra permanecía quieta, mientras el Sol era el que se movía a su alrededor. Ahora sabemos, gracias a él,  que es la Tierra la que gira, pero además, hemos descubierto que también el Sol se desplaza y que todo el universo conocido se mueve.

No sabemos, y tal vez no sabremos nunca, el porqué de esa propiedad tan comprometedora de todos los cuerpos, porque no hay ninguno que esté quieto. Lo que no podía imaginar Galileo, es que al movimiento humano lo mediríamos en kilocalorías.

Cada una de nuestras inquietas células titilan como las estrellas del cielo; palpitan mientras cumplen sus funciones con la armonía necesaria para que podamos correr, mirar, pensar o sonreír. Y cada una de estas acciones tan humanas, cada uno de los segundos de ese ballet celular, consume una energía que debemos encontrar fuera de nosotros mismos.

Así que, el astuto inventor de la materia de que estamos hechos, nos condenó a la dependencia kilo-calórica y, en una despótica intromisión en nuestro destino, no permitió que el alma, el intelecto, el arte o la poesía, puedan sustraerse al tormento  de esta dependencia: el hambre. Porque, por mucho que queramos elevar nuestro espíritu por encima de cuestiones materiales, sin alimento el ser humano muere. Y no hay tortura mayor o que comprometa más a todo nuestro ser, que morir de hambre. Así, mecanismos incontrolables de nuestro organismo, espoleados por el hambre,  modifican nuestra percepción de la realidad, nuestro gusto, nuestro metabolismo y, como no, nuestro intelecto.

Esta dependencia, este horror, habita dentro de nosotros y nos esclaviza sin remisión. La familia, la tribu, las primeras sociedades humanas, los países, las naciones y alianzas, nacieron para facilitar la satisfacción de esa necesidad vital. Rebaños, cultivos, graneros, especias, mercados, monedas, transportes,…y hasta nuestros más sofisticados sistemas de envasado y refrigeración, se inventaron para conseguir un suministro seguro de alimento, que debe llegar a cada uno de nosotros.

¿Cómo, pues, en el siglo en que el hombre se propone llegar a los más alejados confines del sistema solar, es posible que haya millones de seres humanos que mueran de hambre?¿Qué pensaría Galileo de quienes, mereciendo su admiración por nuestros conocimientos, apenas hemos avanzado en nuestra compasión por los demás?

Con espanto veo cómo hay hombres que negocian con el tormento de otros hombres; que someten a sus semejantes por un plato; que permiten el espectáculo del menesteroso para que sirva

 

de “ejemplo”; que comercian con la muerte; que en vez de aplicar las matemáticas para desentrañar los secretos del cielo, las utilizan en una danza macabra de cifras económicas para justificar el sufrimiento y el hambre.

No acepto el castigo; no acepto el pecado; no acepto el paraíso. No acepto que nadie bueno, y Dios lo es, haya podido condenar a la especie humana, a la obligación individual de “ganar el pan” con un esfuerzo sin cuantificar. No acepto, pues, justificar el hambre con el pecado, ni con la falta de “esfuerzo”. No quiero un paraíso para los hambrientos, después de su espantosa muerte. No quiero olvidar el dolor de hoy, por el pan de mañana.

Y el hambre, que implica a todo nuestro ser, nos obliga a mostrar el espanto de su suplicio.  Un niño somalí no necesita saber interpretar: su rostro, sus ojos, todo su ser lanza un mensaje imposible de ignorar. Todo su naciente y agonizante yo, muestra una imagen que está cruelmente diseñada para pedir un auxilio, que, aunque no queramos, nos alcanza en el corazón y despierta en nosotros la solidaridad, inexcusable en quien no está libre del horror.

Y pienso que, tal como el arte no sería posible sin la catarsis, este espectáculo, esa interpretación fisiológica tan atroz, no tendría sentido si no estuviera destinada a poner en marcha los mecanismos de su solución.            

Por eso creo, que a medida que el mundo se encoge con la globalización, y los hombres ya no podemos ignorarnos los unos a los otros, no será la violencia ni la revolución, sino el ineludible y cruel espectáculo de los que sufren, lo que nos haga capaces de hacer desaparecer este espanto, de cualquier rincón de nuestro pequeño Mundo.

 

José Carlos Morenilla

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