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Colombia

Visitaciones oníricas. Dos sueños con Borges

Por Leo Castillo

 

I

Entrevista a Superman

Por Leo Castillo

Freud, la cocaína, Dios y el sexo, por Leo Castillo

                                      

Freud. La cocaína. Dios y el sexo

   Por Leo Castillo       

    

Dinero y poesía

Por Leo Castillo, escritor colombiano

 

 ¿Qué raro resplandor entraña la poesía que excita la envidia aleve del poder? El hombre con fortuna suele estimar, acaso no sin razón (este es el punto), que nada se halla más allá de su alcance. Conforme a esta presunción edifica en el viento el tinglado de toda suerte de reputaciones a capricho, y el dinero hace de él virtual Proteo en capacidad de revestirse de la gloria mundana que le peta. “Recuerda que todo me está permitido, y contra todos”, advierte Calígula, quien “una vez hizo llamar a palacio a medianoche a tres consulares, que llegaron sobrecogidos de terror. Hízoles colocarse en su teatro, y de pronto se lanzó al escenario con gran estrépito, al ruido de flautas y de sandalias sonoras, con el manto flotante y la túnica de los actores; en seguida ejecutó una danza acompañada de canto y desapareció.” Cuenta Suetonio que “quiso destruir los poemas de Homero, y preguntaba: ‘¿por qué no habría de poder hacer yo lo que hizo Platón, que lo desterró de la República que organizó?’ Poco faltó para que hiciese desaparecer de todas las bibliotecas las obras y retratos de Virgilio y Tito Livio, diciendo: ‘que el uno carecía de ingenio y de saber, y el otro era historiador locuaz e inexacto.’” También que “el autor de una poesía fue quemado por orden suya en el anfiteatro por un verso equívoco.” Cuanto a Séneca (a quien Nerón obligaría a darse muerte) despreciaba Calígula la elegancia y adornos de estilo, tachando sus obras de “tiradas teatrales” y como “arena sin cimientos.” Suetonio declara que entre las frecuentes e injuriosas proclamas de Julio Vindex, propretor de la Galia contra Nerón, “lo que más le ofendió (…) era que le tratasen de mal cantor” y salía preguntando a todos si conocían un artista más grande que él. Poco antes de suicidarse, se le oía exclamar: “¡Qué artista va a perecer conmigo!”

 
  Y Boswell, en su celebérrima Vida del doctor Johnson, a propósito del tratado de Rousseau sobre la desigualdad humana, que Mr. Dempster había opinado que “las ventajas de fortuna y abolengo no significaban nada para el hombre ilustrado.” Y Johnson: “en la sociedad civilizada las ventajas exteriores nos hacen más respetados (…) En la sociedad civilizada el mérito no os servirá tanto como el dinero.” Y proponía este ejercicio: “Salid a la calle, y dad a un hombre una conferencia sobre moral, y a otro un chelín, y ved cuál os brindará mayor respeto”, para concluir con esta amarga confesión: “Cuando andorreaba por las calles de esta ciudad, y era muy pobre, yo era gran defensor de las ventajas de la pobreza; pero al mismo tiempo lamentaba mucho ser pobre.”

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by Dr. Radut