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Vicente Aleixandre

Por A. Andrés

 

Vicente Aleixandre Pastor y Concepción Ballester Luna, abuelos de nuestro poeta, constituyeron su modesto hogar en la popular calle de Ruzafa, en Valencia. El procedía del pueblecito de Alfafar. Su trabajo de representante comercial le permitió dar estudios al hijo, que llegó a ingeniero e ingresó en los ferrocarriles de Madrid, Zaragoza y Alicante (MZA, antigua RENFE). Cirilo Aleixandre Ballester nació en 1866 y ejerció su puesto profesional en Sevilla, donde se estableció luego de su boda, en Madrid, con Elvira Merlo García de Pruneda. La ceremonia se celebró en la iglesia de Las Salesas, el 19 de noviembre de 1894. Por San José, siguiendo la tradición valenciana, Cirilo hacía desde Sevilla un viaje a su ciudad natal, con Elvira y los niños. Había perdido ya a su madre cuando el pequeño Vicente corría cerca del abuelo por los alrededores de la casita de Godella. El niño lo recuerda ya anciano, con su cara avellanada de levantino amigo del sol. La luz exultante y la policromía de “el despertar de la huerta”, no podían dejar de impresionar al niño, que, años adelante, plasmaría la sensualidad de la naturaleza levantina en su obra literaria.

 

 

Estos poemas pudieron ser inspirados en aquellos días, cuando aquel anciano abuelo Vicente, sentado en el porche de la soleada casita de Godella, miraba corretear a su nieto Vicentín.

 

HIJO DEL SOL

La luz, la hermosa luz del Sol,

cruel envío de un imposible,

dorado anuncio de un fuego hurtado al hombre,

 

envía su fulgurante promesa arrebatada,
 

siempre, siempre en el cielo, serenamente estático.

 

Tú serías, tu hombre empírea,

 

carbón para el destino quemador de unos labios,

 

sello indeleble a una inmortalidad convocada,

 

sonando en los oídos de un hombre alzado a un mito.
 

¡Oh estrellas, oh luceros! Constelación eterna
 

salvada al fin de un sufrimiento terreno,

 

bañándose en un mar constante y puro.

 

Tan infinitamente,

 

sobrevivirlas, tan alto,

 

hijo del Sol, hombre al fin rescatado,

 

sublime luz creadora, hijo del universo,

 

derramando tu sonido estelar, tu sangre mundos.

 

 

¡Oh, Sol, Sol mío!

 

Pero el Sol no reparte

sus dones:

da sólo sombras,

 

sombras, espaldas de una luz engañosa,

 

sombras frías, dolientes muros para unos labios

 

hechos para ti, Sol; para tu lumbre en tacto.

 

Yo te veo hermosísimo,

 

amanecer cada día,

 

sueño de una mente implacable,

 

dorado Solo para el que yo nací como todos los hombres,

 

para abrasarme en tu lumbre corpórea,

 

combustible de carne hecho ya luz, luz solo, en tu pira de fuego.

 

Sólo así viviría...

 

Pero te miro ascender lentamente,

 

fulgurando tu mentida promesa,

 

convocando tan dulce sobre mi carne el tibio

 

calor, tu hálito mágico,

 

mientras mis brazos alzo tendidos en el aire.

 

Pero nunca te alcanzo, boca ardiente,

 

pecho de luz contra mi pecho todo,

 

destino mío inmortal donde entregarme

 

a la muerte abrasante hecho chispas perdidas.

 

 

Devuelto así por tu beso a los espacios,

 

a las estrellas, oh sueño primaveral de un fuego célico.

 

Devuelto en brillos dulces, en veladora promesa,

 

en ya eterna belleza del amor con descanso.

 

EL VIEJO Y EL SOL

Había vivido mucho.

Se apoyaba allí, viejo, en un tronco, en un gruesísimo

 

tronco, muchas tardes cuando el sol caía.

 

Yo pasaba por allí a aquellas horas y me detenía a observarle.

 

Era viejo y tenía la faz arrugada, apagados, más que tristes, los ojos.

 

Se apoyaba en el tronco, y el sol se le acercaba primero, le mordía suavemente los pies

 

y allí se quedaba unos momentos como acurrucado.

 

Después ascendía e iba sumergiéndole, anegándole,

 

tirando suavemente de él, unificándole en su dulce luz.

 

¡Oh el viejo vivir, el viejo quedar, cómo se desleía!

 

Toda la quemazón, la historia de la tristeza, el resto

 

de las arrugas, la miseria de la piel roída,

 

¡cómo iba lentamente limándose, deshaciéndose!

 

Como una roca que en el torrente devastador se va

 

dulcemente desmoronando,

 

rindiéndose a un amor sonorísimo,

 

así, en aquel silencio, el viejo se iba lentamente anulando,

 

lentamente entregando.

 

Y yo veía el poderoso sol lentamente morderle

 

con mucho amor y adormirle

 

para así poco a poco tomarle, para así poquito a poco

 

disolverle en su luz,

 

como una madre que a su niño suavísimamente en su

 

seno lo reinstalase.

 

Yo pasaba y lo veía. Pero a veces no veía sino un

 

sutilísimo resto. Apenas un levísimo encaje del ser.

 

Lo que quedaba después que el viejo amoroso, el viejo

 

dulce, había pasado ya a ser la luz

 

y despaciosísimamente era arrastrado en los rayos

 

postreros del sol,

 

como tantas otras invisibles cosas del mundo.

 

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Cuando el padre de Vicente es ascendido, la familia debe viajar a Málaga.

En Málaga el sol es un dios benigno y familiar, que se complace en poner penachos áureos en trinquetes o palmeras, y juega con los niños en las playas. Al atardecer, una brisa grata sube del mar por la alameda, e invade, suavemente fresca, la ciudad, moviendo los árboles de sus plazas y las ramitas de sus macetas. Y cuando cae la noche, una noche azul en que trasciende la noticia de las flores, el mar se aquieta oscuro y solemne, como un inmenso mastín de sombra que gruñe complacido a los pies de la ciudad dormida.

 

MAR DEL PARAÍSO

Heme aquí frente a ti, mar, todavía...

Con el polvo de la tierra en mis hombros,
 

impregnado todavía del efímero deseo apagado del hombre,

 

heme aquí, luz eterna,

 

vasto mar sin cansancio,

 

última expresión de un amor que no acaba,

 

rosa del mundo ardiente.

 

Eras tú, cuando niño,

 

la sandalia fesquísima para mi pie desnudo.

 

Un albo crecimiento de espumas por mi pierna

 

me engañara en aquella remota infancia de delicias.

 

Un sol, una promesa

 

de dicha, una felicidad humana, una cándida correlación de luz

 

con mis ojos nativos, de ti, mar; de ti, cielo;

 

imperaba generosa sobre mi frente deslumbrada

 

y extendía sobre mis ojos su inmaterial palma alcanzable,

 

abanico de amor o resplandor continuo

 

que imitaba unos labios para mi piel sin nubes.

Lejos el rumor pedregosos de los caminos oscuros

donde hombres ignoraban tu fulgor aún virgíneo.

 

Niño grácil, para mí la sombra de la nube en la playa

no era el torvo presentimiento de mi vida en su polvo,

 

no era el contorno bien preciso donde la sangre un día

 

acabaría coagulada, sin destello y sin numen.

 

Más bien, con mi dedo pequeño, mientras la nube de tenía su paso,

 

yo tracé sobre la fina arena dorada su perfil estremecido,

 

y apliqué mi mejilla sobre su tierna luz transitoria,

 

mientras mis labios decían los primeros nombres amorosos:

 

cielo, arena, mar...

 

El lejano crujir de los aceros, el eco al fondo de los bosques partidos por los hombres,

 

era allí para mí un monte oscuro pero también hermoso.

 

Y mis oídos confundían el contacto heridor del labio crudo del hacha en las encinas

 

con un beso implacable, cierto de amor, en ramas.

La presencia de peces por las orillas, su plata núbil,

el oro no manchado por los dedos de nadie,

 

la resbalosa escama de la luz, era un brillo en los míos.

 

No apresé nunca esa forma huidiza de un pez en su hermosura,

 

la esplendente libertad de los seres,

 

ni amenacé una vida, porque amé mucho: amaba sin conocer el amor; sólo vivía...

 

Las barcas que a lo lejos

 

confundían sus velas con las crujientes alas

 

de las gaviotas o dejaban espuma como suspiros leves,

 

hallaban en mi pecho confiado un envío,

 

un grito, un nombre de amor, un deseo para mis labios húmedos,

 

y si las vi pasar, mis manos menudas se alzaron

 

y gimieron de dicha a su secreta presencia,

 

ante el azul telón que mis ojos adivinaron,

 

viaje hacia un mundo prometido, entrevisto,

 

al que mi destino me convocaba con muy dulce certeza.

 

Por mis labios de niño cantó la tierra; el mar

cantaba dulcemente azotado por mis manos inocentes.

 

La luz, tenuemente mordida por mis dientes blanquísimos,

 

cantó; cantó la sangre de la aurora en mi lengua.

 

Tiernamente en mi boca, la luz del mundo me iluminaba por dentro.

 

Toda la asunción de la vida embriagó mis sentidos.

 

Y los rumorosos bosques me desearon entre sus verdes frondas,

 

porque la luz rosada era en mi cuerpo dicha.

 

Por eso hoy, mar,

con el polvo de la tierra en mis hombros,

 

impregnado todavía del efímero deseo apagado el hombre,

 

heme aquí, luz eterna,

 

vasto mar sin cansancio,

 

rosa del mundo ardiente.

 

Heme aquí frente a ti, mar, todavía.

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poesia | by Dr. Radut